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Hacia la abogacía 2.0

La reciente pandemia del Covid-19 no ha venido sino a evidenciar muchos cambios que estaban latentes o avanzaban tímidos antes de presentarse de repente en nuestras vidas, como el teletrabajo. Algunos aspectos de la anterior normalidad volverán, claro que volveremos a los aeropuertos, a conocer nuevas ciudades, a descubrir nuevas culturas o, en el caso de los juristas, a vestirnos con la toga antes de entrar a sala, pero otras no volverán. La nueva normalidad. No es ya infrecuente cuando uno pasea por el centro de una ciudad, ver edificios enteros vacíos, hasta hace poco, sedes y algunas emblemáticas de empresas que ahora han optado por funcionales dependencias en algún polígono industrial, mucho más reducidas, mandando a la mayor parte de sus equipos a casa. Calles y avenidas hasta hace poco congestionadas de vehículos, lucen hoy dominadas por peatones que buscan dónde estaba tal tienda de ropa que, desde hace meses, sólo opera por su canal virtual, o tal sucursal bancaria que, hace ya tiempo, pasó a ser un banco digital. Hoy se puede solicitar una hipoteca desde el móvil, te mandan periódicamente la tasación de tu vivienda o vehículo y hasta compras un coche o una moto con un click de ratón. Igual que su correspondiente seguro. Prehistóricas parecen, y algunos como el abajo firmante las hemos hecho, aquellas caminatas de escalera en escalera, puerta a puerta, timbre a timbre, viendo dónde colocabas una póliza del muerto. Sí, el seguro de decesos, quizás el único ramo que no ha cambiado en 100 años ni cambiará, porque si algo es transversal a cualquier época o momento, es su condición de finito. 

Y la abogacía no queda fuera de la ecuación. Durante la pandemia vimos la suspensión de miles de procesos, parejas a punto de divorciarse, propiedades casi vendidas, testamentos casi resueltos, derechos y libertades de los ciudadanos como es el de la tutela judicial efectiva que quedaron en el limbo ante la aparición de un virus. Aparte de esta entrada queda el análisis de hasta que punto un intermitente decreto de estado de alarma o confinamientos decretados por gobiernos autonómicos pueden poner en jaque derechos fundamentales, pero lo que sí es cierto es que la crisis sanitaria ha hecho aflorar numerosos agujeros del sistema y la necesidad de abordar también una reforma, no sólo en la Justicia en general, sino en la abogacía en particular. 

El abogado, lejos de poder encerrarse en su despacho como antaño, poner una placa dorada en la puerta y esperar a que lleguen los clientes de una zona masificada de colegas profesionales, debe superar las paredes del bufete y lanzarse a devorar las autopistas de la información. Si perseguimos la unión aduanera, monetaria y fiscal, cómo vamos a ceñir la defensa de unos ciudadanos que se mueven libremente por todo el mundo a la influencia de una calle o barrio. La profesión debe abrirse, y no me refiero sólo al mundo, sino a otras profesiones e, incluso, a otros sectores. Hemos visto a cocineros o diseñadores de moda ocupar importantes espacios de información, hemos visto la transformación de la banca, el cierre de sucursales y el traslado de su actividad a una aplicación, reduciendo al mínimo aquellas imponentes sedes de mármol en el centro financiero de las ciudades. La abogacía no puede ni debe quedar al margen, no puede ser reaccionaria, el mundo digital o la inteligencia artificial forman ya parte del reto presente. Vamos hacia la abogacía 2.0, donde en un bufete, además de procuradores o administradores de fincas, encontraremos ingenieros y expertos del marketing. Nuevos equipos multidisciplinares y multinacionales que formarán los despachos que conquisten las nuevas fronteras, que lejos de estar definidas en un mapa, se expanden mucho más allá de la influencia tradicional del legislador. 

Por Román Terol, abogado y Director jurídico de DosMillas.